domingo, 22 de septiembre de 2013

Elogio de la lectura y la ficción




(...) La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez." 


"Elogio de la lectura y la ficción", por Mario Vargas Llosa  
(fragmento del discurso que pronunció el escritor al recibir el premio Nobel)

El caminante, de Hermann Hesse

“Los árboles son santuarios. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.Un árbol dice: en mi se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre eterna, única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corteza. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo, hasta el fin , el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo en esa confianza.Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol puede hablarnos así: ¡Estate quieto! ¡Estate quieto! ¡Contémplame! La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles. Deja que Dios hable dentro de ti y enseguida enmudecerán. Estás triste porque tu camino te aparta de la madre y de la patria. Pero cada paso y cada día te acerca más a la madre. La patria no está aquí ni allí. La patria está en tu interior, o en ninguna parte. (…)



Esto susurra el árbol al atardecer, cuando tenemos miedo de nuestros propios pensamientos infantiles. Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es. Esto es la patria. Esto es la felicidad”. 



"El Caminante", de Hermann Hesse

sábado, 21 de septiembre de 2013

Me gustan...

Me gustan los cazadores de sueños que se arropan con palabras para no quedarse expuestos a la intemperie de los días que llegan agotados a la noche.

Me gustan las personas que no renuncian a hurgar en sus heridas para encontrar en ellas la sal de la vida, que da sentido a las sensibilidades comunes.

Me gustan los seres que no se conforman con cruzar por su existencia de puntillas, sin llamar la atención sobre las cosas que realmente importan, y que muchas veces se confunden con la irrealidad.

Me gustan los pasajeros sin billete marcado que se suben a los trenes sin mirar el punto de destino, sin bajarse en las estaciones donde las promesas se confunden con las renuncias.

Me gustan quienes escriben torcido para que se entiendan sus renglones secretos, sin pagar el peaje de lo obvio ni caer en la trampa de la rutina más cómoda, más fofa por exceso de grasas convencionales.

Me gustan los que imaginan que sueñan para soñar lo que imaginan, los cautivos de su propia libertad que amplían las prisiones de los demás con sus deberes y quehaceres, y me gustan esos locos con cuerda para rato que buscan respuestas sin conocer las preguntas, que asumen como algo inevitable y hermoso que los tesoros más valiosos no están enterrados en islas perdidas sino a la vista de todos, al alcance de una caricia, en el territorio de las intimidades que se cobijan bajo el susurro y escapan de los gritos.

Me gustan los exploradores de su propio desierto en busca de espejismos donde reflejarse, donde reencontrarse, donde contarse.

Me gustan esos supervivientes capaces de convertir ruinas en un hogar para los sentidos, en un refugio para los sentimientos, en una conjura de placeres sin cuento, de cantos al placer.

Me gustan los que inventan el mundo cada día y por la noche lo esconden para protegerlo de las termitas del tiempo.

Me gustan los que construyen belleza incluso desde la desolación, lanzados al abismo del misterio que renuncia a ser comprendido, con el alma agazapada dentro de una lámpara maravillosa que ilumina deseos compartidos y arrebata a las sombras su poder para convertirlas en luces sin dueño.


Tino Pertierra



miércoles, 18 de septiembre de 2013

¿Cuándo fue la última vez...?



¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste? No buscando una respuesta ni encontrando una certeza, sino la última vez que te escapaste de lo cotidiano y te detuviste. No por cansancio ni por desidia, sino porque sí.

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste y dejaste que todo a tu alrededor flotara? Como quien se anima a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no sirviera para nada? Para nada ni para nadie, ya que las servidumbres se presentan de formas muy misteriosas. Algo que no fuese pensado desde la ganancia, el interés o el egoísmo.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque sí? No porque te convenía o porque lo necesitabas, o incluso porque lo querías; sino porque sí. O al revés: ¿cuándo fue la última vez que la casualidad hizo con vos algo? No algo productivo, ni profundo, ni siquiera algo en sentido estricto.

¿Cuándo fue la última vez que le diste un abrazo a alguien? No a tus seres queridos ni a personas conocidas, sino a “alguien”, no importa a quien.

¿Cuándo fue la última vez que diste? No importa qué. Un regalo no vale por lo que es, sino que vale en tanto regalo. Un regalo no vale. Un regalo no es. Se da y no vuelve.

¿Cuándo fue la última vez que te abriste? ¿O que no te cerraste? ¿O que demoliste tus puertas? ¿O que dejaste entrar al indigente? ¿O que ese otro irrumpió en vos y te llevó puesto?

¿Cuándo fue la última vez que recordaste? No cuando vence la factura de gas o la fecha del examen, sino que te recordaste como una trama, como una huella, como parte del relato en el que te ves inmerso, como el deseo de querer seguir narrándote.

¿Cuándo fue la última vez que lloraste? Simplemente lloraste. De alegría, de tristeza, da igual. Llorar, como quien expresa en ese acto primitivo la existencia viva; como quien solicita, pide, ruega, pero no reclama, ni exige, ni cree merecer.

¿Cuándo fue la última vez que te perdiste? No en esta calle o en este trabajo o con este proyecto compartido. Perderse, dejándose llevar por ese acontecimiento imprevisible, dejándolo ser. El mundo está repleto de carteles y señales. El mundo está lleno de héroes que te proponen un formato industrial del ser uno mismo y una carrera exitosa basada en el afianzamiento de lo que eres. No importa qué eres, sino abroquelarte en lo tuyo, o en los tuyos, y sobre todo erigir los muros que hacen del otro y de lo otro algo invisible. Por eso perderse, como quien pasea sin rumbo, o habla con una tortuga, o le pide perdón a un helado por comérselo. Como quien se baja del colectivo para caminar por esas calles extrañas, como quien encuentra una mirada que lo devuelve para adentro y cae en el abismo.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste miedo? No por lo que te pudiera pasar, sino por pensar que tal vez nunca no te pasara nada. ¿Cuándo fue la última vez que preferiste la nada al ser, un olor a un concepto, un insomnio a un ansiolítico, un árbol viejo a un ascensor?

¿Cuándo fue la última vez que te traicionaste, que te animaste, que transgrediste, que te lanzaste, que tuviste un sueño, que creíste, que descreíste, que te arrepentiste, que te afirmaste, que te cuestionaste, que soltaste lo propio y te abriste a la pregunta?

¿Cuándo fue la última vez que te preguntaste?



Darío Sztajnszrajber

martes, 17 de septiembre de 2013

... el tiempo

"Recuerdo cómo me enseño mi madre a leer esas agujas por primera vez. Yo tenía seis años y le pedí que me comprara un reloj.
- No tengo dinero para un reloj - dijo ella
- Se lo voy a pedir a Globerman y él me lo comprará - le respondí yo -. Es mi papá y tiene todo el dinero que quiere.
A pesar de mi corta edad yo había comprendido ya muy bien la situación de los tres hombres que velaban por mí, me llevaban regalos y jugaban conmigo.
- Tú no le vas a pedir nada a nadie - replicó mammá, con una voz tranquila pero enérgica -. Tú no tienes padre, Zeide, sólo madre, y se te comprará lo que yo pueda comprarte. Tienes comida, tienes ropa y no andas descalzo.
Después se ablandó, me llevó a fuera de la mano y me dijo:
- No te hace falta ningún reloj, Zeide. Mira la cantidad de relojes que hay en el mundo.
Me mostró la sombra del eucalipto, que por medio de su gran tamaño, su orientación y su frescor marcaba las nueve de la mañana; los pétalos rojos del granado, que decían que estábamos a mediados de marzo; el diente que se me columpiaba en la boca indicaba mis seis años, y las pequeñas arrugas que bailoteaban alrededor de sus ojos, marcaban cuarenta.
- ¿Ves, Zeide? Así estás dentro del tiempo. Si te compran un reloj estarás a su lado."

 "Por amor a Judit", de Meir Shalev