"Recuerdo cómo me enseño mi madre a leer esas agujas por primera vez. Yo tenía seis años y le pedí que me comprara un reloj.
- No tengo dinero para un reloj - dijo ella
- Se lo voy a pedir a Globerman y él me lo comprará - le respondí yo -. Es mi papá y tiene todo el dinero que quiere.
A pesar de mi corta edad yo había comprendido ya muy bien la situación de los tres hombres que velaban por mí, me llevaban regalos y jugaban conmigo.
- Tú no le vas a pedir nada a nadie - replicó mammá, con una voz tranquila pero enérgica -. Tú no tienes padre, Zeide, sólo madre, y se te comprará lo que yo pueda comprarte. Tienes comida, tienes ropa y no andas descalzo.
Después se ablandó, me llevó a fuera de la mano y me dijo:
- No te hace falta ningún reloj, Zeide. Mira la cantidad de relojes que hay en el mundo.
Me mostró la sombra del eucalipto, que por medio de su gran tamaño, su orientación y su frescor marcaba las nueve de la mañana; los pétalos rojos del granado, que decían que estábamos a mediados de marzo; el diente que se me columpiaba en la boca indicaba mis seis años, y las pequeñas arrugas que bailoteaban alrededor de sus ojos, marcaban cuarenta.
- ¿Ves, Zeide? Así estás dentro del tiempo. Si te compran un reloj estarás a su lado."
"Por amor a Judit", de Meir Shalev

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